Para cualquier ser pensante, Keiko Fujimori nos brinda una historia para la reflexión política y moral. Tres veces fue conducida esposada al penal de Chorrillos; al final, los tribunales confirmaron que sus hechos no constituían delitos y salió en libertad.
Keiko pasó casi 500 días en la cárcel, en el silencio absoluto de las ONG feministas financiadas por el poder caviar millonario. Los que alguna vez durmieron una noche en una comisaría tal vez entenderán qué significa estar (en total) más de un año privado de la libertad, lejos de sus hijos y sin el calor familiar.
La cárcel revienta las emociones, te quiebra los sentimientos, te animaliza o te vuelve un mejor ser humano. Keiko pudo haberse asilado en una embajada, pero no lo hizo. Tuvo valentía y se entregó a la justicia. La historia la pone hoy en la primera magistratura del país, pero un detalle resulta ineludible: el odio envenena la política.
Los odiadores solo alcanzan el título del bozal perpetuo y el desprecio multitudinario, sólo eso. Keiko le ganó a Sánchez, a Aníbal Torres y a Antauro. Domingo Pérez, Brigida Curo, Claudia Cisneros, Gustavo Gorriti, César Hildebrandt y otros gladiadores del odio. Desde la izquierda la llamaron "japonesa", "corrupta", etc., creyendo que los adjetivos valen más que los sustantivos; se equivocaron por completo. Tremendo papelón de una izquierda que no ha leído al Perú ni entiende el rostro cambiante de un país cada vez más dinámico y vertiginoso en sus aristas económicas, sociales y culturales. Nos dio pena que una mujer de nuestra serranía puneña le dijera: "japonesa, lárgate del Perú"; un dirigente magisterial gritó: "No la reconocemos como presidente", etc. Ahí todos fallamos.
Un peruano no puede ser enemigo de otro peruano. Un peruano no puede apuñalar a otro peruano, sea esta la lección que debemos asimilar de estas elecciones. El Perú no puede estar por debajo de una ideología, de un partido o del color de la piel. Cuando el Congreso le ponga la banda presidencial, sus adversarios no sabrán dónde meter la cabeza. La política nos tiene acostumbrados a estas escenas; con todo, no dejamos de ser sólo seres humanos. Como peruanos, deseamos que Keiko ejerza un excelente gobierno, porque eso beneficiará a la sociedad y a la nación.
¿Alguien podría estar en contra?
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